2017

El Vuelo

Lucrecia Gil|

En lo más alto de la Colina Chimpre, un pueblicillo ubicado en el departamento de Curusú, vivía doña Silvana Bambú, una anciana de 88 años de edad, quien permaneció más de la mitad de su vida en soledad. Cada mañana se levantaba a las cuatro en punto y preparaba todo lo necesario para emprender vuelo hacia el pasado. Una manta a cuadros rojos y blancos para sentarse, una cobija pequeña para tapar sus piernas, unas rosas blancas a su alrededor y una taza de café bastante caliente la acompañaban a ver el amanecer, ese que le proporcionaba sensaciones de años anteriores.
Un parpadeo y un color azul en el ambiente fueron propicios para que esta soñadora recordara aquellos pasos firmes y certeros que daba, cuando caminaba por los senderos más largos de su pueblo. Nunca marchaba acompañada; paseaba horas y horas sin cansarse, recreando historias capaces de volver su mente el más amplio mundo, sin tener que expresar una sola palabra ni hacer ningún tipo de movimiento.
En medio de uno de los miles de vuelos hechos al ver el amanecer, Silvana cerró los ojos y retrocedió a la edad de 16 años, aquella época que marcó su vida, cuando en uno de esos caminos que emprendía cada día sin medida de tiempo, una bella joven pasó por su lado rozando su brazo. Ninguna habló ni siquiera para pedir perdón por el percance, pero sí se miraron fijamente a los ojos y comprendieron que tenían algo qué compartir.
En los días siguientes, el encuentro se hizo constante. Una tarde al caer el sol, aquella joven, María Josefina, se paró en frente de ella y replicó: “el crepúsculo me produce lágrimas, ellas bajan lentamente y aterrizan en mis zapatos”. Silvana sonrió al escuchar sus palabras y se marchó. Hizo un largo recorrido hasta que tomó la decisión de devolverse, ya eran las ocho de la noche y por fin la vio, allí sentada en una piedra medianamente grande, sosteniendo una linterna que alumbraba su rostro. Sin pensarlo, Silvana saltó hasta su lado y le preguntó: “¿cuánto duran tus lágrimas? ¿Lo que dura el crepúsculo en desaparecer?”. “No, sólo duran lo que se demora alguien en sonreír”, respondió.
Silvana la miró, sonrió y se marchó. A lo largo del camino rumbo a su casa, no dejaba de pensar en el rostro de esa mujercita; tampoco entendía el interés que tuvo en devolverse para verla de nuevo. No hallaba la razón del por qué apareció en ese momento de soledad que la acompañaba desde muy chica.
Llegó a su hogar, alcanzó su guitarra y tocó hasta el amanecer. En el instante en que se iba haciendo de día, Silvana cerró los ojos y continuó retrocediendo en el tiempo hasta a la edad de diez años. Aunque su vuelo solo duró cinco segundos pudo darse cuenta de la soledad tan absoluta que le invadía. Volvió y abrió sus ojos, dispuesta a seguir su camino.
Esta vez, sus pasos eran tan certeros como acelerados, las ansias de volver a verla se hacían más fuerte. Corrió y corrió hasta que la vio nuevamente sentada en la misma piedra, tan inquieta como el río. Se sintió tan fuerte al estar en frente de ella que olvidó su vida tan solitaria y la abrazó. Las dos comprendieron que al estar juntas, quizá no se iban a sentir solas.
Se acercaba la noche y, en esta ocasión, el viaje duraría un poco más. Por el camino iban las dos sonrientes como el crepúsculo presentaba el cielo iluminado.
El vuelo finalizó cuando la mañana se puso fría y una gota de lluvia cayó fuertemente en la mejilla de Silvana Bambú. A su edad ya no podía soportar un invierno; así que recogió todo, entró a su casa, sirvió su segunda taza de café y se sentó en la mecedora con una sonrisa que duró hasta el momento de su muerte.