2017

Cuento: Ultimátum

El Malpensante|

No tenía plata para arreglarme los dientes. Nunca me había importado. Pero esa mañana, mientras desayunábamos, Eulalia se limpió la boca con una servilleta, observó con particular atención cómo masticaba mis huevos revueltos, y después, sin que me lo esperara, dijo que ya no aguantaba más, que si no hacía algo por arreglarme la dentadura, se iba para siempre. ¿Ya no aguantaba más? ¿Desde cuándo se estaba esforzando por aguantarlo? Sentí una punzada en el corazón. No entendía por qué, después de tanto tiempo, había resuelto decírmelo. Lo primero que vino a mi cabeza era que me había dejado de querer, por lo que ya no me veía con los mismos ojos que antes, y si ahora me pedía que me arreglara los dientes, después, con seguridad, me pediría un trasplante de rostro. Eulalia fijó un plazo: dos días (¡dos días!). Si en dos días no encontraba una solución, ella empacaría toda su ropa y sus libros, cogería su gata y volvería a salir por la misma puerta por la cual había entrado colmada de amor, dos años atrás.

No quise terminar mis huevos revueltos. Después del ultimátum, Eulalia recogió los platos y se encaminó a la cocina. Tomé el teléfono y llamé a Raúl, mi hermano, para que me prestara plata (no le dije que era para empezar un tratamiento de ortodoncia cuanto antes y así evitar que Eulalia se fuera de mi lado), pero dijo que todo lo que tenía lo había invertido en un curso intensivo de natación para Natalia y Federico, mis sobrinos. No tenía a quien más llamar. Me senté en el sofá a ver la televisión.

Empecé a pasar canales en busca de algo que me hiciera olvidar el mal rato, pero una fugaz propaganda llamó mi atención, impidiéndome volver a presionar el botón del control remoto. En ella, un alegre niño de rasgos caucásicos entraba a una tienda, le pedía al tendero un paquete de papas fritas, lo abría y después de írselas comiendo todas por el camino y limpiarse la boca con el dorso de la mano, sacaba del paquete vacío un cupón premiado con una fastuosa bicicleta todoterreno. Después de asimilar la noticia, el niño saltaba y hacía morisquetas de emoción. Empuñando el control remoto, sin cambiar de canal, sonreí. Una pequeña luz había aparecido rasgando las tinieblas.

Eulalia, en la cocina, lavaba los platos. No le dije para dónde iba. Tenía unas pocas monedas en el bolsillo del pantalón. Entré a una tienda y compré un paquete de papas fritas, de la misma marca que había visto en la televisión. Entre un millón de posibilidades, tenía una de acertar. No lo abrí al instante sino que fui caminando hasta un parque. Me senté en un banco. Esperé a que el sol del mediodía se alineara con mi suerte. Antes de abrir el paquete, levanté la mirada y vi que en el cielo dos pájaros (tal vez golondrinas) volaban muy juntos, como abrazados. Supuse que era una buena señal. Con el corazón golpeteándome el pecho, abrí el paquete de papas fritas y me las fui comiendo, una tras otra, como si en verdad diera la vida por esa clase de comida chatarra, hasta que el paquete quedó casi vacío. Sin atreverme a bajar la mirada, introduje los dedos. Busqué en el interior, pero no encontré el cupón. Respiré profundo. No perdía todavía. Le di vuelta al paquete y, sacudiéndolo, tiré lo que quedaba de papas fritas al suelo. Volví a darle vuelta. Miré al interior. Allá al fondo, adherido como una goma de mascar, estaba el cupón ganador. Sonreí. Sonreí con mis dientes oscuros y mal posicionados. Entre un millón de posibilidades, había ganado. Volví a sonreír. Desprendí el cupón del paquete. Lo leí. Acababa de ganar una bicicleta todoterreno. La suerte me acompañaba.

Cuento de El Malpensante: Escrito por Daniel Villabón e ilustrado por Miguel Otálora.

Comentarios (2)

Johny Rewalt
17 November 2016 at 12.00pm / Reply

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Johny Rewalt
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Johny Rewalt
21 November 2016 at 10.00pm / Reply

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